lunes, diciembre 18

Justino (Parte I)

Anteponiendo el pretexto de que Sejo era un mamón (cosa que a veces no niego), me permití un pequeño descanso ne cuanto a la aparición de mis letritas. En aras de buscar algo mejor para tan buen espacio en el que se ha convertido el presente, y con las nuevas ventajas del servidor, el cielo parece ser el límite. Presento aquí el preludio o planteamiento y el nudo de una historia que he traído en mi cabeza desde hace ya tiempo. Por cierto, me alegra que esta sea la entrada número 100.


Justino caminó con paso firme a través de los duros parajes del infierno café y árido en el que se habían convertido sus tierras hace ya mucho tiempo. Vió cómo el cielo derramaba sangre en una mezcla multicolor de rojos y naranjas, de cafés y azules. Extrañamente también de verdes y pardos.
Despertó de su viaje espiritual para ver el campo marrón extendiéndose bajo sus pies. Recordó como los años, la lluvia y la erosión habían pasado poco a poco por aquél páramo que en algún tiempo dió maíz, frijol y calabazas en abundancia. Vió de nuevo cuando su padre y él araban la tierra, buscando que cada zurco quedara perfecto, idéntico al anterior. Su padre decía que así era la vida, un constante paso de las situaciones y un sin fín de posibilidades para sembrar. No le importó mucho en ese entonces, ni tampoco le importaría demasiado ahora, a decir verdad jamás le importaron esas palabras. Justino no oía, no pensaba, estaba ofuscado por el profundo odio que le tenía a su padre. Era presa de una insasiable rabia hacia todo lo que él representaba, hacia cada uno de esos momentos en los que Justino tuvo que lidiar con él. Lo invadía el recuerdo de cuando él le impidió marchar a la ciudad a estudiar...
-Dios nos dió manos para trabajar la tierra, para sembrar y cosechar, para construir. Y no para estar rayando en hojas. Se aprende lo suficiente en el monte, en el río, no en cuatro paredes.- decía su padre siempre que él replicaba.
Justino vivió su vida en aquél lugar, alejado incluso de las demás personas. El pueblo quedaba a dos horas caminando, y sólo iba para conseguir algunos enseres imprescindibles que no se pueden conseguir directamente de la tierra. Sus hermanas lo recibían con suma impaciencia, por que les traía cosas que ellas jamás vieron. Le traía listones y telas, jabones y perfumes, dijes y pulseras. Todo lo que una carga de maíz pudiese comprar.
Aferrado a su idea de irse a la ciudad, Justino decidió escaparse cuando la oscuridad le diera refugio, era una noche calurosa y húmeda y las nubes rugían en su afán desesperado por soltar hasta la última gota en su implacable furia. La oscuridad invadió cada uno de los rincones de la tierra en ese momento lúgubre y gris. Sin embargo, por extraño que pareciera, la luna le sonreía.
Fue en aquella ocasión cuando su padre había tomado un té de azares, ya que el hombre sufría los problemas comunes en la gente de su porte y ocupación, que les impiden dormir. De ahí la posibilidad irrepetible de aquella noche sin estrellas.
Tomando unas cuantas calabazas de la mesa a punto de romperse, decidió lanzarse al abismo sin estrellas que se extendía hacia el infinito. Sus pies entraron en contacto con la oscuridad fuera de la choza de carrizo, sus pies chocaron haciendo un sonidito peculiar al chocar contra el barro. Caminado con calma, cuando creyó estar lo suficientemente lejos, corrió hacia el monte, como una liebre huyendo del cazador. Subió el monte. Cuando cerro se terminaba a sus pies, el cielo no soportó más y la torrencial ira cayó sobre él. No hubiera sido impedimento alguno el tener agua fresca cayéndole en la cara para olvidar el cansancio y el hambre de no ser por el suelo resbaloso, que se volvió imposible de andar. Cuesta arriba Justino comprendió el error de su ruta y decidió encontrar un refugio. Al no encontrarlo comenzó a andar más lejos, con más esfuerzo, en una obsesiva búsqueda de abrigo.
Finalmente, empapado y cansado, cayó rendido en el barro.
Oscuridad. El mar negro a sus pies. El suelo marrón. Vida. Luz. Esperanzas.
Despertó con dos grandes ojos café claro observándolo detenidamente, junto al sol de la tarde. Justino se levantó lentamente. Cabe mencionar que aparte de las muchachas del pueblo él jamás había visto a alguna otra mujer. Se preguntaba como en medio del monte una mujer hermosa elevaba su fino porte frente a él. Tenía rasgo delicados, de una raza de hombres y mujeres vistos pocas veces en aquellos parajes, una cara que proyectaba haber sido engendrada blanca y ahora lastimada por los rayos del tirano emperador de los cielos. Y aunque poseía una belleza enorme, su brazos y piernas denotaban el resultado de una vida entera de trabajo. No era muy alta, podría Justino facilmente imponerse poniéndose en puntas sobre ella. No era delgada, pero no carecía de esa silueta perfecta de las mujeres de su estirpe.
Justino no se atrevía a separar sus secos labios, mucho menos a pronunciar fonema alguno. Pasó un largo rato, o lo que él creyó fué uno o dos días enteros perdiéndose en sus ojos.
En aquellos ojos se podía observar aquellos atardeceres húmedos en la colina más apartada del mundo, como bajaba del cielo el ángel con su espada envuelta en llamas y le preguntaba altivamente, como si él conociera la respuesta, ¿quién eres?
Al abrir su mente, o cerrarla, a la realidad perceptible, Justino escuchó pronunciadas las mismas palabras, pero con una voz dulce, que vibraba con el viento, las mismas palabras que el ángel.

2 comentarios:

  1. Muy muy chingón, como diría el famosisimo Ñañez, "bien Juan Rulfo". La narración es súper agradable, y ese tipo "realismo-mágico" está "súper wow!" jajjaja, saludos

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  2. "wow", en realidad esta muy muy chido. Hace rato empecé a leerlo pero por diversas razones no pude acabarlo... y de pronto aquí en mi casa me vino a la mente la idea de qe tenemos "manos para trabajar la tierra, para sembrar y cosechar, para construir". Así que decidí terminar de leerlo.
    El "punto" de ese comentario, es, que este texto me pareció muy "pro", tan "pro" qe merece ser recordado tiempo después de haber sido leído, jeje.

    Felicidades.. y qe bueno qe vamos (vas, o van, más bien) mejorando

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