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lunes, mayo 30
sábado, marzo 5
Lektion 2: Es war ein Ehre.
Frau Lourdes sagte uns:
„Wo sied ihr gewesen?“
„In meine Haus“, anworte ich.
„Nein,
das war nicht die Frage.
Verstehst du die wahre Bedeutung?
Denkst!: Wo bist du gewesen?“
„In einem lange Traum“, sagte A.
„manchmal... ein Alptraum, Liebe Frau", ich sagte.
„Ich glaube nicht. Hoffentlich, einen kurzen Traum, aber... das Beste.“
lunes, febrero 28
Fragen auf Deutsch
Ein Geheimnis ist nicht: Ich lerne Deutsch als Fremdsprache... und ich liebe sich. Ich möchte „die Zauberflöte“ von Mozart hören und verstehen ihr.
z.B., Heute Frau Ricarda hat uns viele Fragen gefragt, aber diese Fragen waren schrecklich. Sie hat uns gefragt:
Seid ihr glücklich mit ihrem Leben?
„Seit letzte Winter, Frau Ricarda“, antworte ich.
Wirklich, Ich habe über andere Dinge gedacht.
Ich wollte die nächste Antwort antworten:
„Der Traurigkeit regnet in meinem Herzen“ oder „Die Türkei is auf der anderen Seiten der Welt...“
domingo, diciembre 19
Espantapájaros No. 1 - Oliverio Girondo
I
No sé, me importa un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias o como pasas de higo; un cutis de durazno o de papel de lija. Le doy una importancia igual a cero, al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco o con un aliento insecticida. Soy perfectamente capaz de soportarles una nariz que sacaría el primer premio en una exposición de zanahorias; ¡pero eso sí! —y en esto soy irreductible— no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar. Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme!
Ésta fue —y no otra— la razón de que me enamorase, tan locamente, de María Luisa.
¿Qué me importaban sus labios por entregas y sus encelos sulfurosos? ¿Qué me importaban sus extremidades de palmípedo y sus miradas de pronóstico reservado?
¡María Luisa era una verdadera pluma!
Desde el amanecer volaba del dormitorio a la cocina, volaba del comedor a la despensa. Volando me preparaba el baño, la camisa. Volando realizaba sus compras, sus quehaceres.
¡Con qué impaciencia yo esperaba que volviese, volando, de algún paseo por los alrededores! Allí lejos, perdido entre las nubes, un puntito rosado. “¡María Luisa! ¡María Luisa!”... y a los pocos segundos, ya me abrazaba con sus piernas de pluma, para llevarme, volando, a cualquier parte.
Durante kilómetros de silencio planeábamos una caricia que nos aproximaba al paraíso; durante horas enteras nos anidábamos en una nube, como dos ángeles, y de repente, en tirabuzón, en hoja muerta, el aterrizaje forzoso de un espasmo.
¡Qué delicia la de tener una mujer tan ligera..., aunque nos haga ver, de vez en cuando, las estrellas! ¡Qué voluptuosidad la de pasarse los días entre las nubes la de pasarse las noches de un solo vuelo!
Después de conocer una mujer etérea, ¿puede brindarnos alguna clase de atractivos una mujer terrestre? ¿Verdad que no hay una diferencia sustancial entre vivir con una vaca o con una mujer que tenga las nalgas a setenta y ocho centímetros del suelo?
Yo, por lo menos, soy incapaz de comprender la seducción de una mujer pedestre, y por más empeño que ponga en concebirlo, no me es posible ni tan siquiera imaginar que pueda hacerse el amor más que volando.
No sé, me importa un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias o como pasas de higo; un cutis de durazno o de papel de lija. Le doy una importancia igual a cero, al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco o con un aliento insecticida. Soy perfectamente capaz de soportarles una nariz que sacaría el primer premio en una exposición de zanahorias; ¡pero eso sí! —y en esto soy irreductible— no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar. Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme!
Ésta fue —y no otra— la razón de que me enamorase, tan locamente, de María Luisa.
¿Qué me importaban sus labios por entregas y sus encelos sulfurosos? ¿Qué me importaban sus extremidades de palmípedo y sus miradas de pronóstico reservado?
¡María Luisa era una verdadera pluma!
Desde el amanecer volaba del dormitorio a la cocina, volaba del comedor a la despensa. Volando me preparaba el baño, la camisa. Volando realizaba sus compras, sus quehaceres.
¡Con qué impaciencia yo esperaba que volviese, volando, de algún paseo por los alrededores! Allí lejos, perdido entre las nubes, un puntito rosado. “¡María Luisa! ¡María Luisa!”... y a los pocos segundos, ya me abrazaba con sus piernas de pluma, para llevarme, volando, a cualquier parte.
Durante kilómetros de silencio planeábamos una caricia que nos aproximaba al paraíso; durante horas enteras nos anidábamos en una nube, como dos ángeles, y de repente, en tirabuzón, en hoja muerta, el aterrizaje forzoso de un espasmo.
¡Qué delicia la de tener una mujer tan ligera..., aunque nos haga ver, de vez en cuando, las estrellas! ¡Qué voluptuosidad la de pasarse los días entre las nubes la de pasarse las noches de un solo vuelo!
Después de conocer una mujer etérea, ¿puede brindarnos alguna clase de atractivos una mujer terrestre? ¿Verdad que no hay una diferencia sustancial entre vivir con una vaca o con una mujer que tenga las nalgas a setenta y ocho centímetros del suelo?
Yo, por lo menos, soy incapaz de comprender la seducción de una mujer pedestre, y por más empeño que ponga en concebirlo, no me es posible ni tan siquiera imaginar que pueda hacerse el amor más que volando.
Oliverio Girondo 1932
Memorias de la guerrilla
Toda la ofensiva había sid
o barrida por la policía municipal. Las barricadas y las pancartas, los palos de techos destruidos y los manifiestos partidos a la mitad. Todo había sido gloriosamente destruido. Todos los miembros del partido que participaron en la revuelta habrían tenido tras de sí un final fatídico de no ser por los cerros que rodean San Jacinto.
La casa de campo de los Arévalo se situaba en una de las grandes colinas que rodeaban San Jacinto. El cerro del Tequesquite le dicen algunos chauvinistas con pretensiones de cronistas del pueblo. La verdad es que ese cerro no tenía nombre ni tendría por qué tenerlo.
-Es un cerro, mierda- decía siempre Wolfgang cuando le preguntaban los cronistas de la ciudad sobre el verdadero nombre de la colina que resguardaba la casa de campo.
La polvareda de la huída se disipó al cabo de unas horas. Una breve llovizna helada cubría los techos de tejas, los cartones de los vagabundos y las bolsas de plástico de los mendigos en los atrios de las catedrales.
Un montón de militantes partían a su última reunión.
La rebelión había sido anticipada desde hace mucho tiempo. Los ropajes que cada uno vestiría a modo de uniforme habían sido comprados desde hace más de una año. La guitarra de Wolfgang había sido afinada constantemente, hasta la más pequeña desviación en alguna de las notas habría sido una falla personal. Todo era perfecto, estructurado, indefectiblemente perfecto.
Las rebeliones ocurridas antes en San Jacinto debían haberse visto barridas del recuerdo de los pretensiosos cronistas y de los habitantes del centro, que de histórico no tenía nada. La historia de San Jacinto empezaba aquí y ahora.
La primera gran rebelión de los obreros de la fábrica de calzado había hecho a San Jacinto un pueblo de refacciones y mofles para los autos de la carretera. Parece algo terrible. Lo fue. Cambió una industria pobre por otra aún más pobre, pero trajo tras de sí el hastío. La primera gran, brutal y enorme revolución había sido esa, sus estragos se sentían hasta hoy. Sus estragos se sentían en cada zapato lleno de polvo venido de China.
La segunda fue un engaño. La segunda fue parte de una gran insurrección militar en la capital del Estado. En San Jacinto había un policía. El hastío era tanto que ni siquiera el narco tenía pretensiones de asentarse en ese lugar. El policía se unió a los sublevados en su campaña militar. El trámite fue sencillo: revisar un mofle que estaba sonando extraño.
Luego de inflar al policía regional: Luego de meterle ideas a la cabeza. Luego de haberle hecho sentir en su cara ese rubor de los ilusionados y los pérfidos, se fueron. Prometieron volver. Nunca lo hicieron. La revolución de uno sólo era la lucha de los perros y de los ratones en el polvo.
El paso de los sublevados por San Jacinto no causó revuelo nacional, ni titulares en El Sol del Estado.
Dadas las circunstancias, la misión del Partido Comunista de San Jacinto, su brazo armado, el Comité Revolucionario de San Jacinto y su brazo cultural, el Comité Literario Urbano Barrial Carlos Marx, era colocar a San Jacinto en el mapa como el primer foco revolucionario del país. La unidad entre los tres organismos no podía se más perfecta: los tres eran conformados por las mismas personas y comandados por Wolfgang Amadeo Arévalo Domínguez.
El primer foco mostró determinación, se plantó frente a la guardia presidencial, conformada por el policía errabundo, e intentó tomar el palacio municipal. El presidente, claro está, no se encontraba. La toma de una casucha derruida no tendría por qué afectarle a nadie.
Wolfgang Arévalo llamó a su segundo al mando, Raúl Demesio de la Garza García, para que llevara a los otros tres miembros del Partido a bloquear la carretera. Él construiría la barricada en la avenida principal.
Luego de dos días, la huelga de hambre involuntaria era insoportable. El hastío hace tiempo que se había tragado a San Jacinto. Hace tiempo que cualquier barricada hubiera sido ignorada por el sólo hecho de que el polvo parecía adherirse a las cosas con una velocidad más allá de lo comprensible por los ojos humanos.
Cada partícula de polvo parecía caída, exclusivamente, para permanecer en un lugar en decadencia.
El policía errabundo no tuvo más que patear la improvisada barricada y convencer a los sublevados de la carretera que por ahí no pasaría nadie. Y, aunque pasara alguien, seguramente serían ignorados.
o barrida por la policía municipal. Las barricadas y las pancartas, los palos de techos destruidos y los manifiestos partidos a la mitad. Todo había sido gloriosamente destruido. Todos los miembros del partido que participaron en la revuelta habrían tenido tras de sí un final fatídico de no ser por los cerros que rodean San Jacinto.La casa de campo de los Arévalo se situaba en una de las grandes colinas que rodeaban San Jacinto. El cerro del Tequesquite le dicen algunos chauvinistas con pretensiones de cronistas del pueblo. La verdad es que ese cerro no tenía nombre ni tendría por qué tenerlo.
-Es un cerro, mierda- decía siempre Wolfgang cuando le preguntaban los cronistas de la ciudad sobre el verdadero nombre de la colina que resguardaba la casa de campo.
La polvareda de la huída se disipó al cabo de unas horas. Una breve llovizna helada cubría los techos de tejas, los cartones de los vagabundos y las bolsas de plástico de los mendigos en los atrios de las catedrales.
Un montón de militantes partían a su última reunión.
La rebelión había sido anticipada desde hace mucho tiempo. Los ropajes que cada uno vestiría a modo de uniforme habían sido comprados desde hace más de una año. La guitarra de Wolfgang había sido afinada constantemente, hasta la más pequeña desviación en alguna de las notas habría sido una falla personal. Todo era perfecto, estructurado, indefectiblemente perfecto.
Las rebeliones ocurridas antes en San Jacinto debían haberse visto barridas del recuerdo de los pretensiosos cronistas y de los habitantes del centro, que de histórico no tenía nada. La historia de San Jacinto empezaba aquí y ahora.
La primera gran rebelión de los obreros de la fábrica de calzado había hecho a San Jacinto un pueblo de refacciones y mofles para los autos de la carretera. Parece algo terrible. Lo fue. Cambió una industria pobre por otra aún más pobre, pero trajo tras de sí el hastío. La primera gran, brutal y enorme revolución había sido esa, sus estragos se sentían hasta hoy. Sus estragos se sentían en cada zapato lleno de polvo venido de China.
La segunda fue un engaño. La segunda fue parte de una gran insurrección militar en la capital del Estado. En San Jacinto había un policía. El hastío era tanto que ni siquiera el narco tenía pretensiones de asentarse en ese lugar. El policía se unió a los sublevados en su campaña militar. El trámite fue sencillo: revisar un mofle que estaba sonando extraño.
Luego de inflar al policía regional: Luego de meterle ideas a la cabeza. Luego de haberle hecho sentir en su cara ese rubor de los ilusionados y los pérfidos, se fueron. Prometieron volver. Nunca lo hicieron. La revolución de uno sólo era la lucha de los perros y de los ratones en el polvo.
El paso de los sublevados por San Jacinto no causó revuelo nacional, ni titulares en El Sol del Estado.
Dadas las circunstancias, la misión del Partido Comunista de San Jacinto, su brazo armado, el Comité Revolucionario de San Jacinto y su brazo cultural, el Comité Literario Urbano Barrial Carlos Marx, era colocar a San Jacinto en el mapa como el primer foco revolucionario del país. La unidad entre los tres organismos no podía se más perfecta: los tres eran conformados por las mismas personas y comandados por Wolfgang Amadeo Arévalo Domínguez.
El primer foco mostró determinación, se plantó frente a la guardia presidencial, conformada por el policía errabundo, e intentó tomar el palacio municipal. El presidente, claro está, no se encontraba. La toma de una casucha derruida no tendría por qué afectarle a nadie.
Wolfgang Arévalo llamó a su segundo al mando, Raúl Demesio de la Garza García, para que llevara a los otros tres miembros del Partido a bloquear la carretera. Él construiría la barricada en la avenida principal.
Luego de dos días, la huelga de hambre involuntaria era insoportable. El hastío hace tiempo que se había tragado a San Jacinto. Hace tiempo que cualquier barricada hubiera sido ignorada por el sólo hecho de que el polvo parecía adherirse a las cosas con una velocidad más allá de lo comprensible por los ojos humanos.
Cada partícula de polvo parecía caída, exclusivamente, para permanecer en un lugar en decadencia.
El policía errabundo no tuvo más que patear la improvisada barricada y convencer a los sublevados de la carretera que por ahí no pasaría nadie. Y, aunque pasara alguien, seguramente serían ignorados.
Arévalo, Wolfgang. (2010). Obras completas y discursos varios. Coord. Raúl Demesio de la Garza García. Ciudad de México: Nulísimos/ Comunidad Literaria Urbana y Barrial "Carlos Marx".
sábado, diciembre 18
Nicanor Parra :)
Don Nicanor... :) A tanto tiempo de haber leído tu evangelio...
Un poeta que habla como camionero
-¿Qué palabras?
-Con el correr del tiempo las vas a ir olvidando... y ahí, vas a quedar en mi poder.
-Con el correr del tiempo las vas a ir olvidando... y ahí, vas a quedar en mi poder.
...
-La justicia nunca puede pasar por tus manos, aunque se mate en nombre de la ley...
domingo, noviembre 21
Pureza
Hay una concepción básica de los espacios puros
¿será que este es uno?
Yo digo que sí
Somos arrastrados por los presagios. Virgilio
sábado, noviembre 20
Notas sobre este blog
Parece ser que este blog quedó en una balsa de aceite. Quedo en un limbo inalcanzable donde el buscador dejó de querer hurgar en los más recóndito de lo escrito aquí. Parece ser que lo poco que quedaba de un pasado inalcanzable estará en las jaulas del hastío.
Desde que este blog se convirtió en un espejo de mis entrañas, parece que viene cuesta abajo. El autor cada vez publica menos, cada vez hace más mediocres imágenes que llama "poesía". La antipoesía ha quedado como un remanso perdido en el baúl de las ilusiones dejadas para otra vida.
¿Será que es una metáfora de su existencia real?
Las causas fueron cercando al autor. Lo fueron cercando hasta que el azar se le salió de control. Lo único que le quedó fue ver cómo se estrellaban los barcos sobre la costa y cómo se estrellaban los trozos de madera podrida en una playa perdida a las afueras de la gran ciudad costera.
No parece haber paso atrás. Desde los servicios sindicados (que nadie lee de todas formas), hasta los más mínimos registros de etiquetas parecen haberse perdido en la más profunda miseria e ineptitud.
Al autor no le duele. En realidad, las fotos tomadas en sus vacaciones pasadas le parecen ya un resquicio de un tiempo que quizás nunca pasó. Algunos de los recuerdos contenidos quizás nunca debieron ser publicados (algunos que sí, debieron haber sido leídos).
Desde la expropiación de este blog, no había habido más candor revolucionario, ni ha habido más comunismo exacerbado, ni tampoco mensajes de esperanza, ni el humor malo que lo caracterizó un tiempo.
Desde que el autor expropió este blog y lo puso en sus intestinos, no ha habido más que el más temible aburrimiento. Si se hiciera una gráfica (repito: este blog está en el limbo) podría ser/hacer evidente que su audiencia se redujo un 99%.
Parecería ser que este blog despertó en el ojo del ciclón, pero no cantará espuma, esta cresta nunca llegó a ser y no es ninguna de todas formas.
No hacen falta alas para levantar un blog, mucha nieve y tumao sí.
Lisbon Revisited
Ansío con un angustia de hambre de carne
Lo que no sé que sea —
Definidamente por lo indefinido...
Duermo inquieto, y vivo en un soñar inquieto
De quien duerme inquieto, mitad soñando.
Me cerraron todas las puertas abstractas y necesarias.
Corrieron cortinas de todas las hipótesis que yo podría ver de la calle.
No hay en el dintel esperado el número de la puerta que me dieron.
Desperté para la misma vida de la que hube adormecido.
Hasta mis ejércitos soñados sufrieron derrota.
Hasta mis sueños se sintieron falsos al ser soñados.
Hasta la vida sólo deseada me harta — hasta esa vida...
Comprendo a intervalos inconexos;
Escribo por lapsos de cansancio;
Y un tedio que es hasta del tedio me arroja a la playa.
No sé qué destino o futuro compete a mi angustia sin timón;
No sé qué istas del sur imposible aguárdanme náufrago;
O que palmares de literatura me darán al menos un verso.
No, no sé esto, ni otra cosa, ni cosa alguna...
Y, en el fondo de mi espíritu, donde sueño lo que soñé,
En los campos últimos del alma, donde memoro sin causa
(Y el pasado es una niebla natural de lágrimas falsas),
En los caminos y atajos de las florestas lejanas
Donde supuse a mi ser,
Huyen desmantelados, últimos restos
De la ilusión final,
Mis ejércitos soñados, derrotados sin haber sido,
Mis cortes por existir, despedazadas en Dios.
Otra vez te reveo,
Ciudad de mi infancia pavorosamente perdida...
Ciudad triste y alegre, otra vez sueño aquí..
¿Yo? Pero soy yo el mismo que aquí viví, y aquí volví,
Y aquí volví a tornar, y a volver.
¿Y aquí de nuevo volví a tornar?
¿O somos todos los Yo que estuve aquí o estuvieron,
Una serie de cuentas-entes ligados por un hilo-memoria,
Una serie de sueños de mí de alguien fuera de mí?
Otra vez te reveo,
Con el corazón más lejano, el alma menos mia.
Otra vez te reveo — Lisboa, Tejo y todo —,
Transeúnte inútil de ti y de mí,
Extranjero aquí como en todas partes,
Casual en la vida como en el alma,
Fantasma errando en salas de recordaciones,
Al ruido de las ratas y de las tablas que rozan
En el castillo maldito de tener que vivir...
Otra vez te reveo,
Sombra que pasa a través de las sombras, y brilla
Un momento a una luz fúnebre desconocida,
Y entra en la noche como un rastro de barco se pierde
En el agua que deja de oirse...
Otra vez te reveo,
¡Pero, ay, a mí no me reveo!
Partiose el espejo mágico en que me reveía idéntico,
Y en cada fragmento fatídico veo sólo un pedazo de mí —
¡Un pedazo de ti y de mí!...
Contemporânea, Junho de 1926.
Álvaro de Campos
Reflexiones revolucionarias
Menos mal que existen
los que no dejan de buscarse a sí
ni siquiera en la muerte
de buscarse así.
Silvio Rodríguez
Todo el mundo tiene su Moncada. Parece ser que el asalto de guerrilla fue un fracaso.
Todo el mundo tiene una épica historia de hadas. Tan épica como el plátano relleno de carne y los ojos impresos de sueños.
No hay forma en que dejes de recordarme a la Vieja Habana, inundada, temible, calurosa, nube tras nube, mermada, por las olas dulces de la Evolución, del CUC, del bloqueo, del las líneas venezolanas de telefonía.
¿Cómo emancipar a este lumpen ávido de barricadas? La lucha parlamentaria de un régimen oscuro parece ser la única opción tangible ante de la depresión suprema de un cacharro en el mar.
Los seminiños que aprenden la oración de Mosharrat sólo se reproducen a sí mismos, como los fractales en un caleidoscopio infinito.
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