martes, junio 19
Poemomios de junio lluvioso
lunes, mayo 7
Condecoraciones - Juan Gelman
Condecoraron al señor general,
condecoraron al señor almirante,
al brigadier, a mi vecino
el sargento de policía,
y alguna vez condecorarán al poeta
por usar palabras como fuego,
como sol, como esperanza,
entre tanta miseria humana,
tanto dolor
sin ir más lejos.
Oda a un libro que no he terminado
Abrió la boca, tuvo el inmenso error de abrirla. Error para mí claro. No habíamos cruzado ni el segundo puente peatonal de la México- Toluca. Apenas parían las llantas la carretera. Abrió la boca y comenzó a reír.
Que si Josefina... que la bolsa... que chuchy... que mi hermana... que el América
¡CARAJO!
Su risa me torcía los testículos.
¿Por qué? ¿Por qué la humana conciencia?
Todos queremos poder, pensaba. ¿Para qué engañarnos? El poder para resolver los problemas más insignificantes, para huir de la violencia, la de adentro y la de afuera de uno mismo, acabar con las culebras larguísimas de coches en Constituyentes y, sobre todo, cerrarle la boca.
Decirle sin ser grosero: Me estás estrujando mis esfínteres. Librarse de la paradoja de ser grosero e irse al otro lugar o quedarse a aguantar Al final, me doy cuenta que basta con mover mis bultos, los de mi cuerpo y los que cargo y cambiarme.
Llego al barrio, se confunden los cuetes con balas que se pierden en motociclistas en el andador Morelos o en la cerrada de San Pedro.
Uno ya no sabrá qué encontrar.
lunes, marzo 19
Hoy se murió mi perro
jueves, febrero 9
Nieve
¿Qué es la nieve sino un cristal amalgamado?
Amalgamado como la revolución, como la tristeza, como la ilusión, amalgamado como todas esas palabras gigantes que salen de las bocas sangrantes, de las voces más escondidas, de los silencios más ensordecedores.
De un de repente cae toda, vomitada del cielo, paracaídas, remolino, viento, bailando, haciéndose el amor, vaya El Señor a saber dónde fabrican el amor, cayendo sobre los autos, sobre los cuerpos de los vagabundos ucranianos, llenándose de lágrimas de la ciudad, del orín de los perros, de la mugre de los autos bávaros, de la torre de televisión. De repente, un viento traicionero les hala por debajo de las faldas y se las lleva todas a un pedazo más mugroso de esta Berlín encadenada.
A veces quieren regresarse, los cristales recién nacidos, necios a la idea de la confusión, necesitan regresar, flotan lo más que pueden hasta que se dan cuenta de que las vueltas atrás son ilusiones fantasiosas, que el regreso al útero es en realidad una forma de tración.
II
el aire recoge la falsedad del tiempo
la cara es testimonio desvelo
máscara hecha ídolo
rostro conveniente para desandar esa realidad derrochada de espejismos
Rocío Cerón
La mugre del arenal de la calle,
es sólo un auspicio para las ratas,
la mugre del arenal de la calle,
es el algoritmo desfigurado de una respuesta planeada
el aullido de un perro en una guardería,
la mugre del arenal de la calle,
es quizás la ladera más prometedora que nos queda.
La domesticación del destino ha sido una empresa difícil,
gancho al hígado,
transplante de riñón,
extensión de intestino grueso,
la mugre del arenal de la calle,
es un pedazo de nuestra estructura,
una estrofa de este canto plañidero,
el pacto traicionado, la manufactura barata,
el atardecer construido sobre los hombros mancos
de la mugre del arenal de la calle.
III
cuando ya no podamos nombrar qué es lo que nos une.
Marguerite Duras
Deambulamos entre jirones,
deambulamos armando los últimos rincones con algún murmullo comprensible
hay un idioma que no entendemos,
pero que huele a sábanas con un olor familiar
en nuestras manos sólo se guarda lo posible
y ese murmullo y ese lenguaje
es la verdad profunda y prematura
de que estamos hechos
para deambular
infinitamente
infinita y angustiosamente
entre jirones.
IV
No tengo fe en los diluvios.
No tengo fe en las coladeras abiertas
en los páramos de luz
en los campos de trigo cubiertos de hielo
notengo fe en la revolución proletaria
en el nuevo orden mundial
en el new managment school
no tengo fe en los diluvios
en el tumao sí
en el tumao no se puede confiar
pero vaya que dio su sangre por nosotros
no tengo fe en los diluvios.
lunes, agosto 8
Por si no llego
Los niños extranjeros, a quienes más ampliamente dotó la naturaleza de la virtud de la curiosidad, quieren saber el nombre del lugar, y los padres se lo dicen, o declinan en las amas, las nurses, las bonnes, las frauleins, o un marinero que acudía a la maniobra, Lisboa, Lisbon, Lisboone, Lissabon, cuatro diferentes maneras de enunciar, dejando aparte las intermedias e imprecisas, quedaron así los chiquillos sabiendo lo que antes ignoraban, y eso fue lo que ya sabían, nada, sólo un nombre, aproximadamente pronunciado, para mayor confusión de las juveniles inteligencias, con acento propio de argentinos, si de ellos se trataba, o de uruguayos, brasileños y españoles, que, escribiendo, desde luego, Lisboa, en castellano o en el portugués de cada cual, dicen cada uno otra cosa, fuera del alcance del oído común y de las imitaciones de la escritura. Cuando mañana, de amanecida, el Highland Brigade salga a la barra, que haya al menos un poco de sol y de cielo descubierto, para que la parda neblina de este tiempo astroso no oscurezca por completo, aún a vista de tierra, la memoria ya desvanecida de los viajeros que por primera vez pasaron por aquí, esos niños que repiten Lisboa, por su propia cuenta transformando el nombre en otro nombre, aquellos adultos que fruncen el entrecejo y se horrorizan ante la general humedad que atraviesa las maderas y los hierros, como si el Highland Brigade acabara de surgir chorreando del fondo del mar, navío dos veces fantasma. Por gusto y por voluntad nadie se quedaría en este puerto.
Estrella de Belem
Las fotos no están tan mal, ¿no? Uno se imagina recorriendo espacios que quizás nunca llegue a ser sensiblemente real. Quizás alcanzo a descifrar por qué la Torre de Belem se me desaparece con los últimos rayos de la tarde. Quizás lo más lejos que llegue a ver el horizonte sea hasta donde llega mis vista en el Parque Nápoles, quizás sean Georgia y Pennsylvania mis quintas avenidas. Al fin y al cabo, la avenida de los Insurgentes es la carretera Panamericana, ¿no?
Ese era el sueño
Ese era el sueño. Llegar, literalmente, a la otra punta del mar y decir, "hola mundo". Sentarme, mientras leía a Fernando Pessoa y José Saramago, a la orilla del Océano. Pero la burocracia emocional y política me atan por ahora. El único hola mundo que puedo decir por ahora está detrás de este ordenador, detrás de lo conocido, de la apestosa rutina de siempre, de la soledad medio enmarcada en pedacitos de olvido. De ese olvido que le dan a uno porque se queda en estas sombras paradas.
martes, julio 12
Arévalo Vive, ¡Carajo!

Lo último que supe de Wolfgang Arévalo luego de su muerte violenta en Friburgo fue la creación de una célula terrorista en Atotonilco y en Puente de Doria. Basado en la reivindicación del cristianismo wolfangiano, dicen ellos, pretenden reconciliar al Estado mexicano con una concepción cristiana de la moral.
martes, junio 28
Horacio Hernández Holgarín:
He descubierto en estos últimos días que eres tan insignificante en mi vida como la letra H, habían de hacerte ahorcar humilde hormiga humeante. Tu holgazanería me hostiga desde la hora en que te conocí en Acahua, Chihuahua; durante la reunión de harapientos sin hambre. Ahí descubrí también tu horrible hábito por comer hierbabuena mientras hacíamos el quehacer, tu inaudita afección por los husos horarios; tu profesión de historiador y hasta que esto te llevara a un apego eterno por la frase “horda de Hunos” que usarías fuera de contexto cuantas veces pudieras. Compartí contigo el hallazgo de un héroe, aquél hombre que resultó ser homofóbico y tener una hernia, inoperable por cierto. Después, cuando me pediste que habitáramos juntos, accedí, a pesar del hedor que simplemente no había forma de ahuyentar de nuestra habitación. Vivimos juntos aquel acuchillamiento en la calle Ocho del pobre viejo que ahorraba cada centavo y se le enchinaba la piel cada vez que veía a Edith, a través de su ventana, abrochar su blusa antes de meterse en su hábito. Recuerdo que en ese entonces también soporté tus seis meses de hipnofobia y tus once kilos de más porque comías chocolate para calmar tu ansiedad y tus deseos de ahogar al gato que tiempo después se vio obligado a huir; pobre Hércules, nunca supe que fue de él. El día en que te confesé que tendríamos un hijo y que había decidido llamarlo Hugo me regalaste una higuera y logré cuidarla hasta que, en tu época de alcoholismo, tomaste el hacha, la talaste, construiste un nido y dormiste ahí semanas enteras convirtiéndonos en el hazmerreír de la cuadra.
A pesar de tu incoherente forma de habitar este mundo, que para ahora también se ha convertido en la mía, me aprehendí a ti y atribuía tus hazañas a tu orfandad; como aquella vez que volaste un cohete y nos dejaste desahuciados. Ahí, admito, aún te anhelaba.
Sin embargo, hoy huyo como Hércules, encontrarás mi almohada y la cinta adhesiva que me regalaste de nuestro aniversario número cuatro en el hueco de la alacena, aquel que hiciste cuando recreabas un huracán. Volveré por ellos en ocho años.
Saludos